La primera universidad

La realización del Primer Encuentro de Fundadores, en la Capilla San Basilio el Magno del Centro Cultural “Francisco Prat Puig”, ha motivado el interés de la comunidad universitaria sobre la historia de la primera universidad del país. He acudido a las páginas del Boletín Acción Ciudadana, específicamente a su número 42, para rescatar un texto del historiador Ernesto Buch López, en su sección Del Santiago Colonial. Se titula: “El Seminario de San Basilio”, y nos sirve para adentrarnos en la historia de esa institución cultural, académica y religiosa, que según investigaciones recientes, fue fundada en 1722. Ese dato diverge de la fecha que nos ofrece Bush López, y la convierte en la primera universidad del país, puesto que la Universidad Real y Pontificia de San Gerónimo de La Habana no se creó sino hasta 1728.

Hemos seleccionado la crónica del doctor Buch por el estilo y fluidez particular de su escritura, además del alto valor que entraña transcribir un texto que se publicó en 1944.

El Seminario de San Basilio

Por Ernesto Buch López

Como un reto al avance arquitectónico yergue su vetusta armazón de madera recia, piedra y ladrillos y su anacrónico techo de tejas criollas, el amplio edificio colonial que desde 1772 hasta 1908 representó en nuestra ciudad el más avanzado sentido educacional de la provincia. Situado en las céntrica calles de San Juan Nepomuceno (hoy Mariano Corona), por donde tiene su entrada, y Bartolomé Masó, (antes San Basilio), de la que tomó el nombre, con una espléndida vista al mar, esta reliquia de construcción del pasado se mantiene en gran parte con su misma fisonomía secular dando la sensación al que lo visita, de encontrarse petrificado en un sueño de centurias por la forma en que se conservan sus fachadas, el arcaico techo superpuesto en tres defensas similares, estilo que pareció imperar en el siglo XVIII; el barandaje con columnas de ácana u otro material consistente que resiste las dentelladas del tiempo; los pisos de mármol en su espaciosa sala y de ladrillos en los patios, y lo más cimero –como un flecha al azar—el detalle evocador de una veleta que ha perdido la rosa de los vientos, amén de la valiosísima capilla arzobispal donde hincaron la rodilla personajes engreídos, y en la que hechiza, como gema inmortal, un crucifijo que bien pudiera ser el esfuerzo que dio fama de escultor al gran poeta santiaguero Manuel de J. [Justo] Ruvalcaba.

Todo ello nos ha llevado a hilvanar recuerdos imborrables de viejos ciclos de cultura que hospeda aún ese caserón de antaño, en cuyas bóvedas sombrías aún resonaron los voces bulliciosas de aquellos niños preclaros que fueron Juan Bautista Sagarra, José Antonio Saco, los Ruvalcaba, Manuel María Pérez, José Fornaris, Tristán de Jesús Medina, Pedro Santacilia, Rafael María Merchán y otros dignos varones que cubrieron una etapa brillante en los destinos de la nacionalidad.

El Seminario Conciliar de San Basilio el Magno y San Juan Nepomuceno, generalmente conocido como “Colegio de San Basilio” fue, más que una escuela de preparación religiosa, un instituto con relieve universitario en la mayor parte de su existencia, donde turnaron eminencias del Clero y del Foro, entre aquellos, el Pbro. Ciriaco María Sánchez Hervas, más tarde Cardenal; Tristán de Jesús Medina, célebre intelectual; Juan Bautista Sagarra, de quien dijo Luz y Caballero que era una antorcha; Marcelino Quiroga; Francisco Barnada Aguilar, que murió con mitra de Arzobispo, y muchos más que la posteridad han consagrado como adalides de la virtud y el saber.

Se debe al progresista Obispo Fray Jerónimo Valdés, la hermosa iniciativa de su fundación, pero su eficacia, su trascendencia, su repercusión en el ámbito del país, fue producto casi exclusivo del eximio santiaguero Dr. Santiago José de Hechavarría y de Elquezúa, primer Obispo Cubano, a quien tanto debe su nativa ciudad. Basta leer la introducción que hizo a los Estatutos del Seminario, para conocer el instinto de patriotismo regional que guió siempre al ilustre Prelado, “Entre los objetos –dice—de la visita Patronal que estamos haciendo, Cátedra de nuestra Diócesis y lugar de nuestro nacimiento, nos ha merecido la mayor consideración el Seminario Conciliar de San Basilio, establecido en ella desde 1772”.

Los Estatutos –muy notables por cierto—fueron redactados en 1774, aprobados por S.M según Real Cédula de 2 de octubre de 1871, impresos por orden del Dr Miguel Herrera Cangas, Dignidad de Chiantre y Vicario particular. Por esos Estatutos se determinaron primeramente las cualidades del origen, moralidad, trajes, ejercicios piadosos, literarios y de vacaciones, conducta, premios y castigos de aspirantes a Becas, organización de superiores, catedráticos y oficiales con los títulos el superior de Director, el inmediato de los colegiales con el de Pedagogo, dos Maestros de Gramática con títulos de Preceptores. Un Catedrático de Filosofía, dos de Cánones con los nombres de Primo y Vísperas y un maestro de Canto llano. Los cargos de Director y Pedagogo se cubrían por indicaciones del Prelado y los demás por rigurosa oposición. Como innovación se establecieron los estudios de Facultad de Derecho Civil y Matemáticas, estatuyéndose que “dichas facultades bien que no sean las más propias y positivamente conducentes al estado eclesiástico que es el fin para que se constituyen los seminarios, no desdicen ni tienen oposición con él y por otra parte son útiles a la nación en común y muy proficuas a esta porción de la isla distante de las otras partes en donde se enseña. Este motivo debe ser de un poderoso aliciente a todos los que se animen de un espíritu verdaderamente celoso por el patriotismo para no perderlo de jamás de vista”.

Antes, por Real Cédula de 16 de febrero de 1761, el soberano reinante, había recomendado al Obispo Morell que cuidas el fomento y conservación del Colegio Seminario de esta ciudad y este, de acuerdo con el Rector de la Universidad de la Habana, RESOLVIERON “que los cursos ganados en el Seminario podían incorporarse en dicha Universidad y con ellos optar las candidaturas a los Grados Académicos en las facultades de Leyes y Cánones”. Con tal motivo, se abrieron dichas cátedras en 14 de marzo de 1778, es decir, cuatro años después de haber sido confirmado el acuerdo por Real Cédula de 12 de junio de 1774.

El Seminario, en tan ventajosas condiciones, adquirió nombre dentro y fuera de la Isla, nutriéndose sus aulas con los más distinguidos jóvenes de la provincia.

Ya en 1803, se hicieron gestiones para convertir el Seminario en Universidad, redactándose unos Estatutos que, aunque muy discutidos, no tuvieron final aprobación. Se pretendía cursar todos los estudios de la Universidad Central, desde expedir títulos de Bachilleres en Artes, Teología, Cánones, Leyes, Medicina, Magisterio en Artes, hasta la Licenciatura y Doctorado de dichas facultades.

Ante el rechazo de estas pretensiones, que alarmaron los privilegios ya concedidos a la capital, todo no fue más que un animoso proyecto, manteniéndose el Seminario en la forma en que venía actuando desde 1778.

Con motivo del nuevo plan de estudios dictado para Cuba y Puerto Rico en 1842, se declararon inválidos los cursos académicos de Leyes y Sagrados Cánones del Seminario, prohibiéndose por tanto la incorporación de los cursos en la Universidad.

Esta drástica medida trajo un revuelo y ocasionó protestas que dieron lugar a una memorable reunión el 6 de julio de ese año, a la que asistieron el Gobernante Militar, el Vicario General del Arzobispado, prebendado Mariano de Usera y Alarcón; los comisionados del Ilustre Ayuntamiento, regidores, Manuel Colás y Lino Urbano Sánchez Limonta; los canónigos lectoral y racionero Don Miguel Hidalgo y Don Manuel Fernández Sánchez, y por la Real Sociedad Económica Don José López Brogiano, Lic. Pedro C. Salcedo y el secretario Emerenciano Jiménez, redactándose una exposición a los altos Poderes por la que “tales corporaciones que representaban el sentimiento de la provincia, imploraban el remedio de un mal grave que tenía en sumo abatimiento a todos lo habitantes y que amenazaba, por lo sucesivo, empobrecer la región y sumirla en la oscuridad y la desgracia. Dicho mal consiste en la falta absoluta de estudios en las facultades mayores, lo que se hacía más sensible después que los habitantes de esta provincia habían estado en posesión del privilegio que los monarcas habían concedido fundándose la clemencia soberana para otorgarla, en la razón de que Santiago estaba situada a larga distancia de La Habana en que el viaje era impropio y costoso, en que el sostenimiento de los estudiantes en tierras lejanas, gravosísimo para los padres y muy dañosos a los alumnos que con tal motivo se emancipaban antes de tiempo y cuando más necesitaban de la tutela celosa de sus mayores, y sobre todos, porque siendo esta ciudad la más antigua de la isla, capital de provincia, residencia de los primeros gobernadores y de la Silia entonces Diocesana, no podía menos que reintegrársele tal privilegio” del que se privaba sin razón por cuanto esta ciudad y la provincia estaban más poblados que en 1774, la juventud más brillante y numerosa, los medios pecuniarios para mantener a los jóvenes fuera del pueblo, escasos y reducidos por la subdivisión de la riqueza territorial, y agregaban, la juventud de Cuba (léase Santiago) no se aplica a las ciencias por el desconsuelo de no tener esperanza de hacer carrera y es muy raro que le hijo de este pueblo siga altos estudios de Universidad Central porque cuesta mucho trasladarse a La Habana y más sostenerse en ella, siendo cosa averiguada que de los treinta y seis mil habitantes que cuenta esta población, apenas 25 o 30 pueden hacer tan crecidas erogaciones.”

Tales clamores no dieron resultado práctico alguno, y sólo en 1871 cuando el General Balmaceda clausuró, como medida de guerra el Instituto de la ciudad, restableció el Seminario como el único facultado para expedir títulos de Bachiller. En 1876 volvieron a funcionar los Institutos que “manus militaris” habían concedido al Seminario.

“San Basilio” contó con un período muy floreciente en su historia considerándosele con razón, un centro cultural de primer orden, tan importante como el Seminario de San Carlos, de la Capital (también fundación gloriosa del santiaguero Obispo Santiago José de Hechavarría).

Cerca de dos siglos, el Seminario, de factura religiosa, moldeó altas conciencias, pues si su principal apostolado consistía en impulsar conocimientos eclesiásticos, universalizó experiencia y estimuló la aptitud del criollo, ya que en sus aulas, como alumnos primero y mentores después, brillaron grandes santiagueros. Hoy el edificio es un plantel de enseñanza con el nombre de Colegio “La Salle”. Sus actuales rectores procuran ajustar sus normas a modernos pronunciamientos de enseñanza, pero no olvidan los que le legaron sus antecesores y que constituyen un visible orgullo de la Religión Católica.

El Seminario de ayer vive con el alma inmarcesible de una gloria que no se extingue jamás. Vinculado a ejecutorias que tienen entraña perdurable en la historia de Santiago de Cuba, lo recordamos hoy como una de las grandes cosas que florecieron en los oscuros días del integrismo colonial y que han contribuido a destacar nuestra ciudad como un centro de continuo adelanto y cultura.

Acción Ciudadana no. 42, 30 de abril de 1944, pp. 10-11 y 17.

Epílogo necesario

En el artículo citado, el doctor Bush se refiere a la actualidad (1944) del recinto donde funcionó el Seminario San Basilio, y expresa que allí funciona el Colegio La Salle, en el cual “sus actuales rectores procuran ajustar sus normas a modernos pronunciamientos de enseñanza”. El diario La Independencia, en su edición del 18 de agosto de 1908, nos informa de su llegada. Eran sacerdotes franceses, llegados a la ciudad para fundar aquí un colegio de primera enseñanza.

El 1 de septiembre de 1908 abría sus aulas el nuevo Colegio La Salle, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Caridad, en los locales del antiguo seminario conciliar. Se estudiaba desde la Enseñanza Primaria hasta el Bachillerato, y eran recibidos alumnos de todo el oriente cubano.

El Colegio La Salle funcionó hasta mayo de 1961, en que fue nacionalizado, y convertido en la Escuela Secundaria Básica Otto Parellada, que fue más tarde un Preuniversitario de igual nombre. Hoy se ubica, en este inmueble bicentenario, la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba, a la que pertenece el Centro Cultural Francisco Prat Puig, Monumento Nacional.

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