Idea de una Universidad provincial

Comienza un nuevo curso escolar, en el que la Universidad de Oriente cumplirá 65 años. Celebramos el arribo, por primera vez, de aquellos que comienzan, y el regreso de los que continúan estudios.

En ese contexto, leamos nuevamente estas palabras de José Antonio Portuondo, sobre la universidad provincial. Fueron dadas a conocer en 1959, por el Departamento de Extensión y Relaciones Culturales, y publicadas nuevamente por la revista Santiago, en su número 86 de 1999.

Idea de una Universidad provincial*

Por José Antonio Portuondo

Estas palabras se escribieron, hace ya algunos años, para un discurso de apertura de curso de la Universidad de Oriente, que no llegó a pronunciarse. Las circunstancias políticas determinadas por la dictadura, cancelaron entonces aquel solemne acto académico y nuestras palabras pasaron a constituir esa peligrosa sustancia, proclive a la fermentación, que es, en nuestros climas tropicales, un “discurso embotellado”. Hoy que, con el ímpetu renovador de la Revolución, renace el afán de reformas en nuestra casa de estudios y el ansia de ensayar nuevas aventuras académicas y científicas, los conceptos de entonces han recobrado toda su vigencia. Ellos pretenden esbozar, con las indispensables adaptaciones, nuestra idea de una universidad provincial. Sabemos que mucho de lo que aquí se expondrá ya habrá sido dicho o pensado por numerosas personas. Es posible, sin embargo, que haya algunas, muy pocas cosas que no hayan sido dichas ni pensadas todavía. Ésas constituirán la única nota original de este trabajo, nuestra aportación personal al esfuerzo colectivo por crear una universidad provincial.

Provincial decimos, y no provinciana, que es su esencial contradicción, porque provinciano es el afán de reducir la infinita amplitud del universo dentro de la mediocre estrechez del propio horizonte doméstico, en tanto que provincial es la participación consciente de cada parte, como tal fragmento o provincia, en la totalidad del universo. Es, frente al estéril esfuerzo provinciano por comprimir las dimensiones del mundo en las entecas medidas de la circunstancia familiar, la fecunda pelea por ensanchar los límites de la existencia cotidiana y poner al paso magno de la historia nuestro pequeño ritmo vital. José Martí dio en una frase lema y programa para esta tarea indispensable: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

El primer problema que se nos plantea frente a nuestra universidad provincial es el de si es indispensable su existencia. Porque una universidad puede nacer a impulsos de superficiales motivos provincianos, por aldeana presunción de ostentar adornos académicos, como quien se cuelga collares o alfileres de corbata, o por contribuir a la superproducción de títulos y de patentes de corso a que no dan abasto ya instituciones análogas. En cualquiera de estos casos la universidad, desprovista de raíces, no podrá subsistir. La única garantía de pervivencia en una institución de esta índole es que su nacimiento se deba a una necesidad real.

Este es el caso de la Universidad de Oriente. Claro que no han de faltar quienes la miren como abalorio, para adorno personal o de la aldea que cree ser ciudad traduciendo a mal inglés o peor francés los nombres de tiendas y ventorrillos tradicionales, ni escasearán tampoco los que aprovechen sus aulas para obtener el título que viste más o menos y, en cualquier caso, ayuda a mal ganar la pitanza cotidiana. De todo esto ha de haber, y la frivolidad exasperante y el pepillismo intelectual y la simulación y la intriga y la pequeñez rampante y agresiva que no faltan en toda junta de hombres. Pero más hondo que todo eso, en las raíces esenciales, está la necesidad que le dio vida, que la conserva enhiesta frente a todos los embates y todas las tribulaciones. No es sólo la tradicional aspiración a una universidad santiaguera que expresa ya en el siglo XVIII Pedro Agustín Morel de Santa Cruz, y se mantiene constante desde entonces, sino la urgencia insoslayable de nuestros días que se tradujo en el unánime clamor popular que se volcó en las calles y en los caminos de la provincia exigiendo su inmediata creación. La Universidad de Oriente -nunca se habrá dicho bastante- es y ha de ser nueva en su más íntima esencia, no por simple accidente cronológico, sino porque su creación responde a novísimas urgencias determinadas por un cambio sustancial en la estructura económica de la provincia de que se nutre y sustenta.

No es por acaso que con la universidad surgiera en el cuadro de las profesiones insulares una nueva carrera, la de Ingeniería Química Industrial, ni que los primeros graduados en la misma hayan ido inmediatamente a prestar sus servicios a importantes empresas recién surgidas en Oriente. Es que existe una relación entrañable entre la industrialización gradual de la provincia y el desarrollo académico de la misma, relación que se manifiesta asimismo en la renovada visión de la realidad que expresan otras facultades no específicamente técnicas, como la de Filosofía y Ciencias o la de Educación, en las cuales ya se labora aceptando de modo expreso la necesidad de apoyar las especulaciones académicas en el medio peculiar en que se desenvuelven, o sea, empleando términos martianos, en el estudio “de los factores reales del país”. Las investigaciones que, aún en las peores circunstancias políticas, se han estado llevando a cabo por algunos profesores de las Escuelas de Ciencias y de Ingeniería, los cuales pusieron también sus conocimientos científicos y técnicos al servicio de la causa redentora, o las relacionadas con la sicología y con la educación infantiles, y las realizadas en otras facultades y organismos universitarios, son prueba elocuente de que la Universidad de Oriente tiene ya plena conciencia de su función peculiar y de su provincialidad.

Cuando nos damos a buscar modelos para nuestros establecimientos superiores de enseñanza, tenemos siempre la tendencia a fijar la atención en Oxford o Heildelberg, Harvard o La Sorbonne, en donde parece haberse concretado el saber de todas las edades y latitudes de la tierra, sin advertir que esa excelencia actual se apoya en una inicial y persistente fidelidad a los intereses inmediatos de la comunidad en que fueron erigidas. Carecemos del indispensable sentido de la perspectiva histórica, y de esos frondosos árboles de sabiduría sólo alcanzamos a ver las ramas colmadas de frutos que rebasan las bardas nacionales, sin percatarnos del estrecho abrazo de las raíces a las entrañas de la propia tierra. Tal vez, en este empeño de hallar fuera de nosotros estímulo y ejemplo, resultaría más justo y provechoso poner los ojos en otras instituciones más modestas y más jóvenes que van alcanzando ya importancia y respeto universales y cuyas raíces se muestran todavía aferradas a la tierra en que nacieron. Tal es, por ejemplo, el caso de la Universidad de Wisconsin. Poseedora de un amplio y sólido prestigio que trasciende las fronteras nacionales, con autoridad reconocida en los estudios humanísticos, científicos y técnicos, la universidad apoya su grandeza creciente en lo que se ha dado en llamar “the Wisconsin Idea” y que no es más que el concepto de vinculación estrecha y de mutuo servicio entre el estado o provincia y la universidad. Fundada en un estado esencialmente agrícola y ganadero, con importantes industrias derivadas de ambas, la universidad estudia los problemas que esas actividades plantean y coopera estrechamente con los intereses privados del estado a fin de fomentar su progreso, recibiendo a cambio de aquéllos todo el aporte económico y técnico que requieren sus investigaciones. Estimulada por su estrecho contacto con la producción y con la técnica, la ciencia pura avanza y descubre nuevos horizontes en los laboratorios de la Universidad de Wisconsin. Y esta viva inquietud que vuelca la mirada inquisitiva sobre la realidad circundante, fundamental objeto y fuente de la ciencia, ensancha la visión también en el terreno de las investigaciones históricas, literarias y filosóficas en uno de los centros superiores de enseñanza de los Estados Unidos más celosos de su tradición liberal.

Aquí también debemos ir fundando nuestra futura grandeza en una cooperación estrecha entre la universidad y los intereses de la provincia. Hay que apretar los lazos entre la producción y la investigación. Crear, no técnicos en abstracto o máquinas de teorizar en el vacío, sino hombres de ciencia forjados sobre la realidad de nuestros problemas inmediatos, capaces de ascender a las más altas concepciones del universo teniendo los pies clavados en nuestra tierra oriental. Para ello hay que obtener algo más que el simple apoyo económico de las empresas provinciales a la universidad. Ya se intentó ese expediente, con muy pobres resultados. Hay que ir a la colaboración de la universidad con las empresas como investigadora de nuevas posibilidades en las mismas, al trabajo de profesores y graduados en el campo y en las fábricas, en condiciones que no afecten, desde luego, los legítimos derechos de los trabajadores. En nuestra industria azucarera, por ejemplo, se pierden lamentablemente infinidad de posibilidades de industrias derivadas o conexas que no pueden ser debidamente ensayadas en el gabinete de estudio sino en el seno mismo del central. Allí es donde debe estar la forja de los futuros ingenieros químicos azucareros, como ha de estar al borde del filón y de la veta la de los ingenieros de minas.

Todo esto implica la descentralización de la universidad. Cada escuela debe estar en su escenario natural, en contacto directo con sus fuentes de investigación y de trabajo, y no hay razón, por ejemplo, para mantener en Santiago de Cuba una escuela de minería. Con la descentralización, además, se haría participar en los beneficios de la vida académica a toda la provincia, porque las escuelas no han de ser meros centros de capacitación técnica, sino focos de cultura general que irradien su influencia en la localidad en que se encuentren. En la capital de la provincia deben quedar, como núcleos de la ciudad universitaria modelo, las facultades humanísticas y, en general, aquellas que tienen en la ciudad mayor su natural asiento: Derecho, Medicina, Odontología, Arquitectura, etc. Cada ciudad importante de la provincia debe tener también su centro pre-universitario y, progresivamente, debe llegar a integrar sus pequeñas ciudades académicas con facultades que otorguen hasta el grado de Licenciado, cuando las condiciones culturales generales de la ciudad lo permitan. El Doctorado debe otorgarse siempre en la capital de la provincia e implicar un mínimo de residencia en la misma. Así se realizará debidamente la extensión universitaria que es el modo de llevar el clima y la inquietud universales a todos los rincones de la provincia.

Hay que crear, además, cursos nocturnos para adultos sin formación académica que, por carecer de los títulos requeridos, no pueden ingresar en las escuelas universitarias y que aspiran, en cambio, a una cultura general que los ponga a tono con el saber de nuestro tiempo. Dichos cursos podrían durar dos o tres años, al cabo de los cuales se otorgarían certificados que capacitarían para el ingreso en ciertas escuelas universitarias. Por otra parte, deben organizarse cursos nocturnos para los trabajadores, verdaderas universidades obreras en las que, junto a las asignaturas generales, se divulguen los derechos conquistados por el trabajador. A estas actividades se sumarían, desde luego, las ya existentes de conferencias, conciertos, publicaciones, cine de arte y muchas más.

Y aún ha de hacer más la universidad por la provincia, y es crear con sus graduandos una forma eficacísima de servicio social que se practica con éxito notable en México desde hace algunos años. La universidad podría exigir a sus graduandos, como parte de sus ejercicios de licenciatura o doctorado, la práctica de su profesión, durante un año, en diversos lugares de la provincia, constituyendo pequeños núcleos, preferentemente rurales, en los que hubiera constantemente un maestro o una maestra, un médico, un dentista, un ingeniero agrónomo, un veterinario, un graduado en Ciencias Sociales, etc. La universidad construiría escuelas modelos que fueran, al mismo tiempo, biblioteca pública, salón de conferencias y de proyecciones y conciertos, enfermería y residencia de sus graduandos. Estas escuelas tendrían por objeto facilitar la práctica de los graduandos pero, al mismo tiempo, estudiar la zona en que estuvieran enclavadas, facilitar la defensa de los intereses campesinos y promover el progreso de éstos. La universidad podría, a través de ellas, extender hasta el guajiro los beneficios de la ciencia y de la técnica modernas, facilitándoles conocimientos generales, estudiando sus problemas sobre el terreno en que ellos se producen y ayudándolos a resolverlos, haciendo el censo de sus tierras y esclareciendo sus títulos de propiedad para defenderlos de geófagos nativos y extranjeros, enseñándoles nuevos métodos de cultivo, la inseminación artificial para mejorar sus ganados, el combate contra las enfermedades y, por otra parte, aprendiendo todo lo que nuestra tierra tiene aún que revelarnos.

Todo esto, lo comprendo perfectamente, tiene aires de sueño de una noche de verano, pero no es sino el proyecto de una realidad a la que todos debemos aspirar. Y si hacemos proyectos de tan largo aliento es porque somos conscientes de que sólo un gran impulso garantiza la necesaria amplitud del salto. Proyectos mediocres no engendran sino realizaciones sietemesinas. Hay que proyectar con ímpetu para lograr un justo resultado. No se nos escapan las dificultades. Sabemos, por ejemplo, que la unión estrecha entre la producción y la enseñanza sólo puede lograrse por entero dentro de una organización de tipo socialista en la que el Estado funja de empresario, y que en nuestro actual sistema económico la cooperación entre la universidad y las empresas privadas puede degenerar, a veces, en la subordinación de aquélla a los intereses de éstas. Puede y debe, sin embargo, la universidad intentar el establecimiento de un modo de cooperación con las empresas que no implique su dependencia de las mismas y, en cambio, garantice un trato más justo para los trabajadores y una forma de beneficio económico para sí misma que la vaya liberando del agobio de tener que mendigar al Estado lo que éste por ley le debe y durante mucho tiempo se mostró remiso a otorgarle. Por otra parte, a través del servicio social que hemos, a grandes rasgos, esbozado, la universidad contribuiría a la defensa de los intereses campesinos y al rescate de la tierra, que es parte principalísima del programa revolucionario.

Hay que ponerse sencilla y sobriamente a la faena y edificar, sin gestos ni palabras inútiles, la universidad y la provincia que necesitamos. Sin gestos ni palabras inútiles, es decir, sin retórica, sin adjetivos. Volcando callados nuestra energía, y lo que haya de utilizable en nuestro regionalismo, en la labor de crear una universidad que sirva a su provincia y se sirva, a la vez, de ella, conscientes de que con esta faena provincial estamos contribuyendo a la redención total de nuestra patria. Porque lo que hagamos por una sola provincia lo estaremos haciendo en beneficio de toda la nación. Nuestros problemas no difieren, en lo esencial, de los de Matanzas o Pinar del Río. Y a la solución de uno hallada en Oriente seguirá su aplicación inmediata en las demás provincias y el concierto de voluntades académicas y provinciales y el renacimiento, en fin, de las energías restauradoras, corrigiendo, además, un gravísimo defecto que heredamos de nuestra existencia colonial: el de esperar la solución de los problemas locales por la intervención del poder central. El deber de cada provincia es fomentar el desarrollo de sus propias capacidades aún libres de agobio extranjero y resistir a todo intento de entregarnos a los apetitos foráneos.

En esta empresa se funden y unifican los intereses de todas las clases sociales y económicas de la provincia y la nación, sometidas al mismo desajuste del coloniaje económico que mediatiza la independencia política. La universidad puede y debe servir de instrumento catalítico, fundiendo en un solo empeño superador los esfuerzos parciales de los grupos sometidos a análoga sujeción, facilitando el desarrollo de sus posibilidades creadoras, ensayando nuevos caminos y despejando los horizontes del porvenir insular.

No hace falta ser muy perspicaz para advertir que nuestra patria es también una provincia, parte de una totalidad geográfica, económica y cultural más vasta. Esa totalidad es el Caribe y comprende a las Antillas y a las porciones continentales e ístmicas bañadas por el Mediterráneo americano. Formamos una unidad indiscutible, y así lo había señalado Martí, mas ¿qué sabemos de nuestros hermanos y vecinos? ¿Quién entre nosotros atendió nunca la lección que desde sus Islas Vírgenes ha venido dictando, en inglés, el economista y sociólogo Eric Williams? ¿Cuántos escucharon el canto bello y profundo que decía, en francés, el martiniqueño Aimé Cesaire, ni el que entonara junto a nosotros el gran haitiano Jacques Roumain? ¿Qué sabemos, a fin de cuentas, de Haití o de Jamaica, cuyas costas son visibles desde nuestras montañas orientales? ¿A cuáles de nuestros ingenuos turistas se les ocurre cambiar la ruta cursi de Miami por el deslumbramiento de Guadalupe o Curazao? Estamos apretados en un haz por necesidades e intereses comunes, y no lo sabemos. Nos amagan idénticos peligros y puede y debe salvarnos una sola actitud, pero nos damos la espalda. Vivimos entre ellos y somos de su sangre, y no nos entendemos.

A la universidad toca remediar tan absurda situación. Ella ha de propiciar la media vuelta que nos sitúe de frente a las Antillas y al Caribe, que nos haga ver con claridad hasta qué punto nuestros intereses y nuestro porvenir de nación independiente están unidos a los intereses y al porvenir de los demás pueblos antillanos. Habrá que concertar el intercambio de profesores y de grupos de estudiantes que revelen lo que ya algunos han comenzado a descubrir: que somos uno y que tenemos problemas comunes. El proceso revolucionario y la visita de Fidel Castro a Venezuela y a otros países hispanoamericanos han hecho evidente esta unidad profunda de nuestros pueblos señalada una y otra vez por Martí que, hace ya más de medio siglo, había anunciado: “De pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan de un pueblo a otro los hombres nuevos americanos”.

Desde hace varios años existe en la Universidad de la Florida, en Gainesville, un Centro de Estudios del Caribe que celebra anualmente, en el mes de diciembre, un Congreso de especialistas destinado a examinar y discutir los problemas propios del Mediterráneo americano. Ya han sido publicadas, en sendos volúmenes colectivos, las diversas ponencias leídas en tales congresos; referentes a la geografía, la economía, la composición antropológica y social, la organización política, el desarrollo cultural y artístico y las relaciones internacionales de los pueblos del Caribe. En el último de dichos congresos, celebrado en diciembre de 1958, estuvieron presentes dos jóvenes profesores enviados por nuestra Universidad de Oriente. Esta no sólo puede contribuir a tales estudios enviando sus delegados a la Florida, sino que debe organizar su propio centro de investigaciones y llegar a convertirse en el núcleo de los estudios antillanos. Por su posición geográfica, Santiago de Cuba es el centro natural de una universidad caribeña que, superando las superficiales barreras lingüísticas, establezca fecundos contactos entre las partes hoy dispersas del gran todo antillano. Tenemos que volver los ojos al Caribe. En él espera al investigador de toda índole un campo virgen capaz de despertar las más audaces especulaciones de la ciencia y las más hondas reflexiones filosóficas, mejor que los detritus librescos que exuda el Viejo Mundo en agonía.

Así, por grados y por pasos naturales, irá ascendiendo la mirada universitaria, desde las raíces afincadas en la propia circunstancia provincial a la nación entera, a las Antillas y a la América, hasta abarcar la infinita amplitud de nuestro mundo, haciéndose partícipe de la inquietud universal. Vivimos una época convulsa en la que nace, entre el dolor y la sangre de todos los partos, nueva edad. No hay región ni provincia de la tierra que puedan sustraerse a esta inquietud ni suponerse ajenas a esta lucha. En ella la universidad tiene su parte que debe conocer y ejecutar. No es la suya, sin embargo, faena directora, sino la de mediar en el conflicto y atenuar su inevitable dureza contribuyendo, hasta donde sea posible, a hacer menos cruenta la batalla en que se está decidiendo, a nuestra vista, el signo futuro de la historia. Bajo tal signo inicia hoy la Universidad de Oriente una nueva etapa de su existencia académica. En horas de renovación, ella levanta su gesto creador, su afán de saber y de servir, de ser “ciencia y conciencia”, como expresa su lema, su decisión de injertar el universo en el tronco de la patria y de apretar cada vez más fieramente sus raíces a las entrañas calientes de nuestra tierra oriental.

*Se ha conservado la redacción y ortografía original.

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