Recordamos a Mella

Solo 26 años vivió Mella: murió asesinado un día como hoy, en Ciudad México, en el año 1929. Destacado dirigente universitario y comunista, se enfrentó a la tiranía de Gerardo Machado, fundó la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), la Liga Antiimperialista y la Universidad Popular José Martí. Además, encontramos su nombre entre los miembros fundadores del Partido Comunista de Cuba.

Hasta el momento, Mella sigue siendo una de las figuras más atractivas de la historia de Cuba en el siglo veinte. Para comprender aún más la significación de su muerte, en el contexto político y social de su momento, proponemos la lectura del discurso pronunciado por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, en el 75 aniversario de la fundación de la FEU, el 20 de diciembre de 1997.

El texto aparece en las páginas 4 y 5 del periódico Juventud Rebelde, del 21 de diciembre de 1997. Lo reproducimos ahora, íntegramente, para nuestra comunidad universitaria.

Raúl entrega la mascarilla de Mella

“Tenemos plena confianza en nuestros estudiantes”

Queridos compañeros profesores y estudiantes:

Distinguidos invitados:

Ningún sitio más apropiado para festejar esta efeméride de tanta significación para la historia de nuestra patria, que el Aula Magna de la Universidad de La Habana, institución que conmemora el 270 aniversario de su fundación, que guarda los restos mortales del presbítero Félix Varela, el primero que nos enseñó a pensar.

Por cuyas aulas, a lo largo de un siglo, pasaron entre otros grandes hombres, Céspedes y Agramonte, Mella y Guiteras, Fidel y José Antonio Echeverría.

Y ningún momento más oportuno que este, cuando la Federación Estudiantil Universitaria arriba a sus tres cuartos de siglo de fecunda y valerosa existencia, para hacer entrega a la combativa organización de una mascarilla mortuoria de Julio Antonio Mella, que manos hermanas de México aquí presentes, como las de Félix Ibarra y sus compañeros, nos entregaron en marzo del pasado año. Objeto entrañable que recoge el vaciado del rostro vigoroso de Julio Antonio, caliente aún la sangre de su cuerpo inerte, vivo aún el eco de sus últimas palabras: “¡Muero por la Revolución!”.

Nadie dudaría de la veneración eterna que merece quien fuera la “síntesis perfecta de la audacia y la abnegación en la lucha por la justicia social”, para decirlo con la voz de Pablo de la Torriente Brau, su hermano en el ideal y en el sacrificio, de quien ayer precisamente, se cumplió el 61 Aniversario de su heroica caída en las trincheras de la España republicana.

Cuando acudimos al combate del Moncada convocados por Fidel, nos sentimos representantes de la Generación del Centenario del Natalicio del Apóstol, y estábamos decididos a cumplir su mandato revolucionario.

Fue José Martí el Autor intelectual de aquel intento de reiniciar la guerra necesaria, para abatir la tiranía y rescatar la soberanía de la nación, secuestrada por los monopolios estadounidenses y su gobierno imperialista.

Pero fue Julio Antonio Mella, quien nos había mostrado la médula revolucionaria del pensamiento martiano, dando “un alto  –como él afirmara– y si no quieren obedecer, un bofetón, a tanto canalla, tanto mercachifle, tanto adulón, tanto hipócrita que escribe o habla sobre José Martí”.

En el primer cuarto de siglo de la República de la Enmienda Platt, nadie como Mella expuso con tanta claridad y fuerza de convicción, la vigencia de la doctrina martiana, a pesar de que sólo pudo escribir un artículo de unas cuantas páginas, y no el libro que tenía pensado y que vehementemente sentía la necesidad de poner en letras de imprenta, con tan dilatada y profunda reflexión y tanto amor, que le parecía, como expresó en dicho artículo, “un viejo libro leído en la adolescencia”.

Éramos la generación que a un siglo del natalicio de Martí y a medio siglo del nacimiento de Mella, nos lanzamos a hacer realidad los sueños del Maestro y de su ferviente discípulo.

El Moncada fue el bofetón que reclamara Mella. Fue también, como señalara Fidel en el aniversario XX del 26 de Julio, la “(…) carga para matar bribones, /para acabar la obra de las revoluciones /para vengar los muertos que padecen ultraje /para limpiar la costra tenaz del coloniaje” que demandara Rubén Martínez Villena en su vibrante poema, que hemos escuchado hace un momento.

Muchas veces, desde sus días universitarios, Fidel ha expresado su plena identificación con Mella. Una vez conversando con él sobre el tema, me expresó: “En Cuba, nadie ha hecho tanto, en tan poco tiempo”.

Esta sencilla y justa síntesis expresa su admiración por el fundador, a la edad de 20 años, de la Federación Estudiantil Universitaria y de la Universidad Popular José Martí, y en los dos años subsiguientes, de la Liga Antiimperialista y el Primer Partido Comunista de Cuba.

Su admiración por aquel joven pletórico, cuya voz se alzó en aulas y sindicatos, cárceles y tribunales, calles y plazas de su Patria, y luego en las de México, Bruselas, Moscú, siempre para denunciar la opresión, acusar a los opresores  y orientar a los oprimidos en su batalla por romper las cadenas, hasta entregar su propia vida, para seguir siendo útil aún después de muerto.

Un solo hecho podría ilustrar la fenomenal actividad de Mella.

Después de la huelga de hambre de 18 días en protesta por su injusta prisión, el tirano Machado se vio obligado a concederle la libertad condicional, dada la creciente protesta nacional y continental. Pero, desde luego, la sentencia de su asesinato estaba ya dictada.

Mella sale clandestinamente del país por el puerto de Cienfuegos, bajo el falso  nombre de Juan López y la ficticia condición de comerciante de plátanos, en el carguero Cumanayagua rumbo a Honduras.

Al llegar a Puerto Cortés, en la costa atlántica de dicho país, le es registrado su equipaje, requisada toda la literatura revolucionaria que llevaba, detenido y desterrado hacia Puerto Barrios, en Guatemala, adonde llega en un barco de velas.

Permanece en este lugar solo tres días. Tiempo suficiente para dejar organizada una sección de la Liga Antimperialista de las Américas. Es detenido por las autoridades, conducido, en calidad de tal, a Mariscal, una aldea en la frontera con México, hasta que sus gestiones con mexicanos amigos a través del telégrafo, logran el permiso de entrada a México y la colecta del dinero necesario para su traslado a la capital del país azteca.

Es el 9 de febrero de 1926. Había salido de Cuba el 18 de enero.

Preso, desterrado, descubierta su verdadera identidad, sin un centavo, nada detiene ni atemoriza al tal Juan López.

Algunos podrían preguntarse, si a los honores al insuperable gladiador en la lucha a muerte contra el imperialismo, al torbellino revolucionario que lamentaba “la falta de tiempo para las cosas del pensamiento…”, era apropiado sumarle el galardón de carácter académico y científico de Doctor Honoris Causa en Ciencias Sociales post mortem, que esta Universidad le confirió el año pasado.

Podría pensarse que, aunque le sobraba talento para penetrar en las profundidades de las ciencias, le faltó tiempo para hacerlo.

Y es verdaderamente sorprendente, cuando se estudia su vida tan breve como intensa y se conocen sus escritos, constatar la vasta cultura histórica y literaria que llegó a poseer Mella, el profundo conocimiento de Marx y más aún de Lenin, varios de cuyos trabajos tradujo personalmente del idioma inglés para divulgarlos en la prensa obrera, y la genialidad para utilizar creadoramente la ciencia del marxismo leninismo, teniendo en cuenta las condiciones políticas, económicas y sociales de Cuba, de México y de toda la América Latina.

Ejemplo cumbre de esta aplicación acertada, es su comprensión de que el ideario de José Martí, era la fuente nutricia de la Revolución de liberación nacional en nuestro país, y que el desarrollo natural “del programa ultra-democrático del Partido Revolucionario Cubano” –como él calificara al formulado por Martí–, avanzaría hacia el socialismo.

El insigne combatiente afirmó: “Martí comprendió bien el papel de la República cuando dijo a uno de sus camaradas de lucha –Baliño– que era entonces socialista y que murió militando magníficamente en el Partido Comunista: ‘¿La Revolución? La Revolución no es la que vamos a iniciar en las maniguas, sino la que vamos a desarrollar en la República’”.

Mella, orador fascinante, cuando empuñaba la pluma, además de un incansable y ardiente agitador, temible polemista y agudo cronista, era también un profundo analista de la sociedad de su ápoca.

El joven estudiante no graduado, a los 24 años de edad, era ya un maduro dirigente político, cuando en el Congreso Mundial contra la Opresión Colonial y el Imperialismo, ocupó un lugar en la presidencia del magno evento en Bruselas, en representación de la Liga Antimperialista de las Américas, junto al gran escritor francés Henri Barbusse y el sabio físico Albert Einstein, quienes convocaban junto a otras personalidades de renombre universal dicho Congreso.

Era ya dueño de todas las armas: la de la acción heroica, la de la organización fundadora y la de la teoría revolucionaria, adquiridas todas ellas en el “magno laboratorio de sociología”, como caracterizó la lucha en el seno de las masas obreras y campesinas.

No pretendo hacer un recuento extenso de la vida de Mella, ni es esta oportunidad para ello, aunque creo que aún está por escribir la gran biografía de este paradigma de la juventud revolucionaria.

Solo he querido subrayar que el incansable batallador fue un creador fecundo en el terreno del pensamiento político-social de Cuba y de nuestra América.

En estos tiempos en que es necesaria la acción enérgica, el trabajo abnegado y eficiente para avanzar pasos a paso en la construcción de nuestra economía socialista, también es imprescindible el combate ideológico.

El mismo enemigo imperialista que se empeña en liquidarnos con su guerra económica y sus agresiones biológicas, también emplea el otro carril para tratar de sembrar entre nosotros la confusión, el desaliento, la renuncia al camino escogido, la división de las filas del pueblo.

La labor de subversión ideológica del imperialismo hacia Cuba, reviste las más variadas formas.

Una de ellas, y no la menos peligrosa, es el trabajo sutil dirigido a los intelectuales, centros universitarios y de investigación científica, preconizando un academicismo alejado de la causa revolucionaria de nuestro pueblo y propenso a las píldoras doradas del capitalismo.

Esta fórmula fue utilizada con éxito por el imperialismo para corroer lentamente y minar por dentro a los países socialistas de Europa y la Unión Soviética.

En Cuba esto no pasará jamás. Nuestro pueblo está  alerta y respalda su Revolución y su partido de la unidad, la democracia y los derechos humanos que defendemos, como lo demostró el apoyo de seis millones de cubanos al documento que con ese título definitorio aprobó nuestro V Congreso.

En Mella tiene y tendrá el profesorado de nuestras universidades, nuestro estudiantado, nuestra juventud, nuestro pueblo todo, un ejemplo singular no sólo de acción febril y consagración total, sino también de lealtad a los principios, firmeza ideológica, lúcido pensamiento revolucionario, seguridad inquebrantable en el triunfo de las ideas radicales de Martí y de la concepción científica de Marx y Lenin, de la causa de los trabajadores y los pobres de la tierra, hasta la victoria del socialismo.

Como expresara su entrañable amigo y compañero de lucha, celoso cuidador de sus cenizas durante un cuarto de siglo, Juan Marinello, “la fecundidad de su ejemplo llama a los jóvenes de ahora a la imitación creciente de su meditación y coraje.

Mella fue un sembrador. No pudo ver culminada la obra. Como sembrador cayó en el surco. Pero como buena semilla en tierra grande y generosa, lejos de morir, su figura vive y se agranda. Lejos de extinguirse, sus raíces inagotables penetran más hondo en la conciencia de los cubanos.

Estamos en la misma FEU que él organizó. La FEU de Mella fue y será siempre fiel a sus tradiciones patrióticas y revolucionarias.

El martirologio de los estudiantes comenzó con la insurrección de la nación cubana por romper las cadenas coloniales. A un año del levantamiento de Céspedes, el estudiante de bachillerato José Martí sufrió prisión, trabajos forzados, grillete al pie, confinamiento, destierro.

En noviembre de 1871, cuando Máximo Gómez y sus dos mejores discípulos, Antonio Maceo y Calixto García, libraban la brillante campaña de Guantánamo, animando con sus victorias a todo el mambisado, las autoridades coloniales y los voluntarios ensoberbecidos, ejecutaron a ocho estudiantes de Medicina y enviaron a prisión a otros 36, como cobarde venganza contra un pueblo que se había decidido a conquistar su libertad empuñando las armas.

La llama que prendió Mella entre los estudiantes, alimentó el fuego de la gran hoguera obrera que hizo cenizas la tiranía machadista.

El golpe batistiano del 10 de marzo de 1952 convertiría a la Universidad y sus estudiantes en foco de resistencia y combate.

Recuerdo que en el local de la FEU, a unos pocos metros de aquí, hace 45 años, en horas de la madrugada, recibimos las primeras instrucciones de manejo de las pocas armas que poseíamos, cuando Fidel preparaba a los jóvenes que asaltarían el Moncada.

Igualmente, este centro de estudios superiores y de moral de lucha superior, fue escenario de los preparativos del heroico asalto al Palacio Presidencial, organizado por el Directorio Estudiantil Revolucionario y su valeroso jefe, José Antonio Echeverría.

Estamos en la Universidad renovada, martiana y marxista que él quiso.

Guiados por el Partido Comunista, en el que sigue combatiendo.

Agrupados en torno al más intransigente, fiel, inteligente y audaz de sus seguidores, nuestro Comandante en Jefe.

Formamos parte de su ejército victorioso que resiste valientemente la ofensiva imperialista, que logrará doblegarnos ni impedir el avance del pueblo cubano hacia su porvenir de justicia social, como lo soñara Julio Antonio.

Nosotros creemos con Rubén, que “el único homenaje que le hubiera sido grato, era el de hacer buena su caída por la redención de los oprimidos, con nuestro propósito de caer también si fuera necesario”.

Tenemos plena confianza en nuestros estudiantes, en la joven generación que ha forjado la Revolución, heredera de las gloriosas tradiciones que la nación cubana ha atesorado en su corta pero heroica historia.

Como prueba de esa convicción, hacemos solemne entrega y encargamos la custodia de este querido símbolo, a la Federación Estudiantil Universitaria.

Como una respuesta a quienes pregonan que el capitalismo neoliberal es el fin de la historia, repetimos con Julio Antonio Mella, el lema de optimismo revolucionario que él escogiera para presidir el Primer Congreso Nacional de Estudiantes: “Todo tiempo futuro tiene que ser mejor”.

Muchas gracias.

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